“Antología de una plegaria”

Si la literatura tiene sus antologías de poemas, la música también puede tener las suyas. Este programa que tiene por nombre “Ave María” es justamente eso: una antología sonora donde cada compositor —de Schubert a Verdi, de Mozart a Puccini— deja su propia versión de una plegaria universal. Cada obra es un capítulo distinto del mismo libro: el de la fe, la belleza y la búsqueda de lo divino a través del arte. Este prometedor concierto inaugura la gira “Colombia es Música Sacra” en el marco de los 500 años de Santa Marta, y lo hace en un escenario imposible de igualar: la primera catedral construida en el país. Un lugar donde historia, mar y espiritualidad se mezclan como si siempre hubieran estado cantando juntas.

Laura Gómez, una de las sopranos más destacadas de su generación, inaugura con este concierto la gira “Colombia es Música Sacra”, y lo hace con la naturalidad de quien entiende que la música también puede ser una forma de oración y de belleza. En esta conversación, Laura nos lleva al centro de esa experiencia: cantar como un acto de comunión entre el pasado y el presente, entre lo humano y lo divino. Habla de cómo un Ave María puede transformarse en un espejo emocional, de cómo la técnica se convierte en libertad, y de cómo la disciplina y la gratitud siguen siendo los pilares de su camino.

Este concierto inaugura la gira “Colombia es Música Sacra”, dentro de la conmemoración de los 500 años de Santa Marta. Cantar en la primera catedral construida en el país tiene un peso simbólico muy particular. ¿Cómo vive ese encuentro entre la historia, la fe y la música?

Laura Gómez: Cantar en la primera catedral construida en el país es un privilegio que me conecta profundamente con nuestra historia. Siento que la música actúa como un puente: une la fe de quienes han habitado este territorio durante siglos con la emoción viva del presente. Para mí es un encuentro íntimo, casi sagrado, donde la voz se vuelve una forma de honrar la memoria y, al mismo tiempo, de proyectar esperanza.

El programa está tejido alrededor del motivo del Ave María, una plegaria que ha inspirado a compositores de épocas y estilos muy distintos. Desde tu perspectiva como intérprete, ¿cómo logra habitar esa diversidad estética —de Schubert a Puccini, de Mozart a Verdi?, ¿Hay alguna obra dentro del programa que sientas especialmente cercana a su propia sensibilidad o a tu relación con lo divino?

L.G.: El Ave María ha inspirado lenguajes muy distintos, y como intérprete trato de respetar la esencia de cada compositor. Es un ejercicio de sensibilidad: entender que la serenidad de Schubert, la teatralidad de Puccini o la profundidad de Verdi expresan una misma búsqueda espiritual desde lugares distintos. La obra que siento más cercana es el Ave María de Otello de Verdi; su intensidad dramática y su profundidad emocional me conmueven de una manera muy especial y me conecta con una dimensión más humana y vulnerable de lo divino.

En piezas como Io son l’umile ancella y Vissi d’arte se respira una entrega total del artista, una fe en el arte mismo. ¿Cómo se equilibra en su caso la disciplina técnica con esa dimensión espiritual que exige cada interpretación?

L.G.: Para mí, la técnica es el cimiento que me permite entregarme sin miedo. Una vez está sólido lo técnico, puedo abrir el espacio emocional y espiritual que estas obras exigen. Es un equilibrio entre control y abandono: preparo cada detalle con rigor, pero en el escenario dejo que la música me atraviese y me lleve.

Su trayectoria se ha formado entre escenarios operáticos, repertorios sinfónico-corales y ahora, música sacra en recital. Si mira hacia atrás —desde tus inicios en la Red de Escuelas de Música de Medellín hasta los grandes escenarios del país—, ¿qué aprendizajes o valores esenciales de esa etapa temprana sigue llevando consigo cada vez que sube al escenario? ¿Qué queda en ti de esa primera voz que empezó a descubrir la música?

L.G.: De esos primeros años me acompaña un valor fundamental: la disciplina nacida del amor por la música. Aprendí a trabajar en comunidad, a escuchar al otro y a reconocer la música como un espacio de transformación. Esa primera voz que empezó a descubrir el canto sigue conmigo; es la que me recuerda por qué hago música y me ayuda a mantener la humildad y la gratitud cada vez que subo al escenario.

Para cerrar, si tuviera que definir este concierto en una sola frase —, ¿cuál sería?

L.G.: “Un diálogo entre fe, belleza y memoria a través de la voz.”

Por: Jorge Piotrowski

 

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